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COMUNIDADES FRATERNAS, COMUNIDADES VIVAS: (1) “La actividad de vuestra fe, la eficacia de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza” (1Tes 1,3)

 Joaquín Díaz Atienza,LT

He aquí lo que considero fundamental de la exposición que nos ha impartido hoy el padre Ignacio Rojas, osst y autor de libro COMUNIDADES FRATERNAS, COMUNIDADES VIVAS”  de Ediciones Paulinas. 

1. Si deseamos reflexionar en profundidad sobre nuestro desempeño individual en las fraternidades a las que pertenecemos, si deseamos que, con nuestra participación y compromiso individual, se desarrollen y crezcan como auténticas comunidades fraternas, debemos participar en ellas, como nos dice san Pablo, desde la fe, la caridad y la esperanza: “En definida, modelar nuestro corazón creyente, vitalizar las entrañas de la misericordia y despejar la cabeza  para que con la lucidez se oriente más allá de lo perceptible…”. La misericordia entre nosotros es imprescindible porque nos ayuda a profundizar en la empatía  y ser capaces de superar desprecios y todo comentario inoportuno. La mejor terapia frente a nuestro amor propio es la humildad que deriva de la auténtica misericordia.

  1. 2. Es muy importante actualizar el pasado a través de la memoria ya que nos hace crecer en identidad y nos ayuda a encarar el futuro en fraternidad. Sin embargo, el contenido de la memoria no tiene que coincidir con el recuerdo y éste puede traicionarnos. El recuerdo, la mayoría de las veces, puede no ser real. De esta forma, hay comunidades que se recrean en su estatus quo evocando selectivamente todo aquello que las vanaglorie y otras, por el contrario, cuando entrar en una espiral autodestructiva, sólo ven aquello que pueda considerarse como negativo. La primera situación no lleva a la parálisis autocomplaciente; la segunda a la autodestrucción. De aquí la importancia de ejercitar una memoria sanadora que nos mantenga identitariamente y no de la fuerza necesaria para encarar el futuro. El recuerdo sano de nuestra historia nos dinamiza a través de la esperanza. Es por ello, que nuestra historia, nuestro recuerdo auténtico, y no como insano mecanismo de defensa,  “nos ayuda a controlar nuestro controlado tiempo cronológico en inesperado tiempo de gracia”.

     

    1. Justamente, la asunción de nuestra identidad a través de la fe que profesamos, nos obliga a dar testimonio de lo que somos. De nada vale hablar a los demás de lo que somos si no va acompañado de un testimonio vivo en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestros compromisos diarios. Por eso es tan importante que la fraternidad, para que tenga vida, sea el crisol en donde consigamos la capacidad de ser ejemplo de lo que predicamos. Si nuestra fraternidad es incapaz de gestionar las dificultades que presentan el vivir consecuentemente la fe, nuestro carisma y afrontar los sinsabores de la convivencia, no seremos capaces de dar testimonio a los que nos observan. Por tanto, desde esta perspectiva, traicionamos las esperanzas de los quieren seguirnos.

     

    1. ¿Cuáles sería los imperativos que debemos asumir, interiorizar –  que va más allá del convencimiento cognitivo – para se auténticos testigos de Cristo?.
      1. En primer lugar, “el abandono de los ídolos”. Como dice el padre Ignacio, hay que romper con viejo moldes. En nuestra sociedad actual, tan individualista y centrada en el relativismo y el consumo, también hay que romper con moldes, con ídolos, que se nos meten en nuestra casa, en el trabajo en la misma fraternidad, en la iglesia. Todos llegan con un rostro inocente hasta que somos sus esclavos: “La comunidad evangélica… establece una escala de valores donde abandonar significa elegir decididamente y, por ende, descartar definitivamente”. Sin embargo, descartar definitivamente conlleva un duelo que sólo superaremos  si produce la conversión a Dios.
      2. En segundo lugar, la necesaria conversión a Dios. La conversión significa, ante todo, un cambio radical, un abandono definitivo de los antiguos esquemas  dejando paso “a una forma de vida que hace creíble la Palabra”.
      3. Por último, necesitamos “servir al Dios vivo y verdadero”, nos dice el P. Ignacio. Esta opción radical da sentido a la fraternidad  con el ejemplo ante los hombres y las mujeres del rostro “Dios Amor”. No olvidemos que esta transformación radical se debe dar en lo individual y hacerlo extensible, como adoradores de la Santísima Trinidad, en nuestra fraternidad (comunidad), organismo vivo, autónoma y cualitativamente distinta de sus miembros, aunque inevitablemente mediada por las individualidades  que la componen. Por ello, es a través del “diálogo y el acompañamiento, desde la palabra justa en el momento oportuno a la persona adecuada” como seremos capaces de mantenerla con vida.

     

     

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Laico Trinitario de la Fraternidad de Granada

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