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MENSAJE DEL MINISTRO GENERAL A LA FAMILIA TRINITARIA CON OCASION DEL VIII° CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN JUAN DE MATA Y DE LA FIESTAS DE LA NAVIDAD

“Como Trinitarias y Trinitarios estamos llamados a ser solidarios con ellos. Sin nuestro compromiso personal y comunitario en la vida y en el destino de los cautivos, los pobres y los enfermos, nuestra vocación Trinitaria queda incompleta.”

Mientras nos acercamos a la gran fiesta de la Navidad y al 800 Aniversario de la muerte de San Juan de Mata, saludo a todos y a cada uno de vosotros con profundo sentido de fraterno amor y alegría. Al mismo tiempo, mi mirada afectuosa también va dirigida a la Santísima Trinidad de quien procede el Verbo Encarnado, nuestro Redentor, y a los cautivos y pobres de hoy. La Orden acaba de recibir un precioso regalo, el decreto con el que se restablece nuestro nombre completo de ORDEN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD Y DE LOS CAUTIVOS. Y, también, hemos tenido la gracia de celebrar la beatificación de seis de nuestros mártires españoles. Estos son algunos de los favores especiales concedidos a nuestra Familia para que apreciemos la dignidad y la actualidad de nuestra vocación como Trinitarios y Trinitarias en este siglo XXI. Ahora, me gustaría compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la segunda parte del título de la Orden –“…y de los cautivos”.

En esta coyuntura histórica en la que vivimos, el drama de la flagrante persecución de los Cristianos continúa siendo noticia cada día. Figuras proféticas como nuestro amado Papa Francisco sin cesar afronta y responde apasionadamente a la realidad del escándalo de la pobreza y de la injusticia. En nuestro mundo son tantísimos los millones de personas que continúan siendo despojadas de su dignidad y de su libertad a pesar de la disponibilidad de los ingentes recursos humanos y de tantos medios tecnológicos de comunicación y transportes al alcance de la rica sociedad moderna. El Santo Padre no escatima palabras ni hechos concretos para anunciar los valores del Evangelio que proclaman claramente la supremacía de Dios y la primacía de la dignidad de todo ser humano. Así mismo, él denuncia con audacia y con intensa fuerza profética el mal de la avaricia personal y social, del consumismo incontrolable y de la indiferencia moral ante el clamor indescriptible de la humanidad sufriente y despojada. La necesidad y la importancia de una concreta solidaridad humana es un fuerte y constante mensaje del Papa Francisco a la Comunidad católica y a toda la comunidad humana.

Leyendo los signos de los tiempos, especialmente las realidades y las experiencias arriba mencionadas, me siento obligado a recordar en este contexto la persona y el mensaje de nuestro fundador, San Juan de Mata y de nuestro reformador, San Juan Bautista de la Concepción. Los dos fueron figuras proféticas en su tiempo. Ambos abandonaron su situación confortable y se despojaron de su ego y de su orgullo para estar más cerca de los pobres y de los cautivos. Su sentido de solidaridad con la humanidad desfigurada y rota fue un desafío para su status quo y se han hecho uno con las víctimas de la injusticia y de la opresión. Ellos abrazaron y promovieron un estilo de vida sencillo y austero para poder compartir con quienes estaban en la pobreza y la miseria. La Regla Trinitaria está marcada por una multitud de normas sobre la caridad: caridad hacia nuestros hermanos y hermanas de la comunidad y caridad hacia quienes son ignorados y excluidos por la sociedad. Impelido por una ardiente caridad, el fundador en su Regla nos pide que nos privemos de algunas comodidades y conveniencias en favor de quienes están privados de lo esencial en sus vidas, para que puedan beneficiarse. La pobreza trinitaria y el espíritu de sacrificio tienen como finalidad la redención y el socorro de quienes están en la pobreza, en el sufrimiento y en la cautividad. Así también podemos percibir la actualidad de nuestro título: “…y de los cautivos”. El teólogo argentino, Arzobispo Víctor Fernández comentando el pensamiento de nuestro Papa que insiste tanto sobre una vida de pobreza y sacrificio, dice: “No se trata del amor al sacrificio por el sacrificio o de una obsesión por la austeridad, sino del despojamiento interior para dejar puesto a Dios y a los otros en el centro de nuestra vida”.

Los Trinitarios fueron fundados para la redención o rescate de aquellos cautivos cuya fe estaba en peligro. Así la principal misión de la Orden es la actividad del rescate, al mismo tiempo que cada comunidad tenía también su propia obra local de misericordia. Esto es fundamental para nuestra vocación y central para nuestra misión. Colmado y fortalecido por una experiencia de Dios Trinidad, el Trinitario y la Trinitaria fuertemente enraizados en su comunidad y acompañados por su misma comunidad, van adelante generosamente y apasionadamente hacia aquellas fronteras donde nuestros hermanos y hermanas sufren por diferentes formas de cautividad y persecución, muy especialmente por su fe Cristiana. Mientras algunos hermanos se aventuraban en los caminos de la misión, los otros desde la comunidad se sentían asociados a ellos con la oración y el sacrificio y se dedicaban al mismo tiempo a obras de misericordia local. El espíritu de la “tertia pars” en nuestra Regla, al que está dedicado el capítulo más largo, recobra sentido cuando entendemos bien nuestra misión. ¿Por qué nos pide la Regla separar una parte substancial de nuestros ingresos para los cautivos y los pobres? Porque son los hijos y las hijas privilegiados de Dios, y ellos son las víctimas de la excesiva avaricia y del incontrolado consumismo, y porque son nuestros hermanos y hermanas. Como Trinitarias y Trinitarios estamos llamados a ser solidarios con ellos. Sin nuestro compromiso personal y comunitario en la vida y en el destino de los cautivos, los pobres y los enfermos, nuestra vocación Trinitaria queda incompleta.

Además de la Regla, nuestro santo fundador nos ha dejado otra preciosa herencia, otra imagen muy sugerente para nuestra vocación y misión. Se trata del Mosaico de Cristo Pantocrátor flanqueado por dos diferentes cautivos que están encadenados y tomados de su mano. El Cristo glorioso está liberando a los dos cautivos, que están atados con cadenas y privados del alimento y vestido necesarios. En el icono no solamente está Cristo bañado en el oro de la Gloria de Dios, sino también los cautivos. Estos dos seres humanos desfigurados, pertenecientes a razas diferentes, representan a la humanidad con su diversidad religiosa, cultural y étnica. Ambos están privados de su dignidad y libertad. Cristo está tan cercano a ellos que puede tenerlos de la mano. Él es quien los restablece en su perdida dignidad y libertad. En la circunferencia externa del mosaico aparecen escritas las palabras: ORDEN DE LA SANTA TRINIDAD Y DE LOS CAUTIVOS. En este Mosaico, Cristo, que es la imagen de Dios invisible, está en el centro rodeado inmediatamente por dos cautivos y en la periferia está la Orden. Para poder entender y vivir nuestra vocación como Trinitarios y Trinitarias necesitamos dar el primero y más central lugar al Dios Uno y Trino, después a los cautivos y a los pobres y, como últimos, a nosotros mismos. San Juan Bautista de la Concepción, nuestro Reformador buscó y fomentó apasionadamente la íntima unión con Dios y con los pobres:”¡Oh santo Dios mío!, ámete yo mucho y quiera mucho a tus pobres, que, aunque yo no merezco entrar en tal compañía, tú, que eres misericordioso y gustas que tus obras sean perfectas y   acabadas, gustarás de que entre porque sea trinidad -Dios, el pobre de bienes temporales y yo, pobre de los espirituales-, para que, siendo trinidad perfecta, que consiste en unidad de esencia y trinidad de personas, siendo tú, Señor, y el pobre y yo tres personas, haciéndonos tú una misma cosa, seamos unos con una unidad y unión perfecta como tú la obras en las almas que tú amas y quieres” (Obras Completas, III, 87).

Durante este nuestro Año Jubilar, tenemos la gracia de hacer memoria viva de nuestros Patriarcas y Padres Fundadores, y Reformador. Su espíritu y su mensaje nos empujan a apropiarnos de nuestra propia vocación y carisma, de esta manera habrá un renovado espíritu dentro de nuestra Familia religiosa. La Santa Trinidad nos ha dado una preciosa vocación y carisma y este don está íntimamente conectado a nuestro amor y solidaridad para con los pobres y cautivos de hoy. De ningún modo podemos quedarnos indiferentes ante la grave situación por la que están pasando los pobres y los perseguidos. El Santo Padre continúa a urgir una fuerte toma de conciencia de la Iglesia sobre estas necesidades. Nuestros Padres, San Juan de Mata y San Juan Bautista de la Concepción, con amor y solicitud, nos piden que abramos los ojos, los corazones y las comunidades a las realidades que nos rodean en cada lugar y a las realidades que se dan en nuestro mundo. Una vez más, vamos a escuchar una súplica de nuestro Reformador: “Queramos este dichoso envite que Dios nos hace de amparar y querer sus pobres, que, por no querer el mundo y estar ciego, se quedó perdido, porque quien al pobre pierde perdido va” (Obras Completas, III, 79).

En este contexto quisiera expresar mi alegría y satisfacción viendo tantos hermanos y hermanas nuestros que están generosamente comprometidos en la atención de las necesidades de los pobres y cautivos en los diversos países donde estamos presentes. Aunque ya tenemos algunos hermanos que atienden a las necesidades de los Cristianos perseguidos, deseamos promover una mayor participación en este ministerio. En este campo la Familia Trinitaria, a través de la organización SIT (Solidaridad Internacional Trinitaria), tiene un papel central y crucial en la promoción de una mayor toma de conciencia sobre la grave situación de los perseguidos por su fe en Cristo. Nuestro compromiso con el trabajo del SIT debe ser real y substancial.

Además, contamos con nuestras hermanas contemplativas, las cuales con su oración y sacrificios, sostienen nuestros ministerios; algunos de los monasterios ayudan también materialmente a los pobres. Un buen número de hermanas de los diversos Institutos y muchos miembros de nuestro laicado actúan celosamente en su servicio a los pobres y necesitados. Nuestros hermanos y hermanas que están en las cárceles en diversos países se benefician de nuestra presencia y atención especial para con ellos. Nuestros comedores y otros centros, en los que alimentamos a nuestros hermanos y hermanas material y espiritualmente, son hermosos lugares de testimonio Trinitario. Nuestros bienhechores y simpatizantes continúan apoyándonos generosamente en nuestra acción en favor de los desamparados. Los innumerables cautivos redimidos por la Familia Trinitaria durante los pasados siglos son un buen tributo a nuestro título, “…Y DE LOS CAUTIVOS”.

Agradezco a todos vosotros vuestro maravilloso testimonio y generosidad. Con afecto fraterno saludo a cada cautivo y preso, a los pobres y enfermos a los que servimos. Si acaso pudiera darse alguna falta de entusiasmo y fervor en algún miembro de nuestra Familia, o en alguna comunidad, en lo que concierne a los pobres y cautivos, aprovecho esta oportunidad para animarnos todos y todas, de modo que seamos participantes aún más activos en la encarnación de nuestro carisma en cada rincón del mundo donde nuestra Familia Trinitaria está presente. Continuemos avanzando más y más hacia los cautivos de hoy con espíritu fraternal y con un más grande sentido de solidaridad reafirmando nuestro maravilloso y significativo carisma. Hagamos lo posible por seguir integrando todas las dimensiones de nuestra vida espiritual, comunitaria, formativa, apostólica, de administración de bienes y de servicio de gobierno, para que estén marcadas con nuestro único (propio) sello: “¡Gloria a la Trinidad y a los cautivos libertad!”. En esta línea, “la caja de la redención”, que fue restablecida en el Capítulo General Extraordinario de 1999 como un medio tradicional y concreto de vivir nuestro amor por los pobres y cautivos, debe ser fortalecida allí donde ya está puesta en marcha, reactivada allí donde ha perdido fuerza y puesta en marcha donde no existe todavía.

Una vez que estamos convencidos de nuestra noble vocación y carisma, y conscientes de los desafíos de hoy, especialmente de aquellos que conciernen a la triste condición de los pobres y de los perseguidos, esto nos motivará a vivir nuestra vocación con una mayor transparencia y autenticidad. Nos ayudará a compartir más entre nosotros y con los necesitados. Desgraciadamente no estamos esentos de la tentación de quedarnos cerrados dentro de nosotros mismos y permanecer así en nuestro cómodo refugio. Necesitamos también nosotros liberarnos de las cadenas que nos atan. Con corazones y manos siempre abiertas redescubriremos la alegría de vivir como hermanos y hermanas y de compartir, aún lo poco que tenemos, con los pobres y necesitados. Los pobres y los que sufren continúan pidiendo a gritos nuestra atención y generosa respuesta. Si hubiera entre nosotros tendencia a ceder a algún tipo de avaricia y consumismo, a acumular dinero y cosas, tanto materiales como espirituales, sólo para nosotros mismos, olvidando la norma de la propiedad común (“sine proprio”), confrontémonos a ella en este Año Jubilar. El Espíritu de Dios, el mensaje de nuestros primeros Padres, el grito de los últimos y más desprotegidos, y la restauración del título completo de la Orden, nos urgen a acoger todo aquello que nos es favorable para vivir nuestra vocación y a rechazar lo que es dañoso para nuestra fraternidad en las comunidades y lo que va contra nuestra solidaridad para con las víctimas de la opresión y la injusticia.

Nuestra Señora del Buen Remedio nos ofrece “el Remedio” en su Divino Hijo Jesús, quien es el “Rescate”, el precio de nuestra redención. Nuestros Santos Padres y todas las santas y santos de nuestra Familia Trinitaria, de forma especial los mártires recién beatificados, se entregaron generosamente con todo lo que tenían para encarnar el espíritu del ET CAPTIVORUM. Ahora nos invitan a unirnos a ellos en el don de nuestras vidas hoy.

Os deseo una feliz fiesta de nuestro Patriarca y una auténtica y gozosa celebración de la Navidad.

Fraternalmente vuestro,

Jose Narlaly, O.SS.T.,

Ministro General

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