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MENSAJE DEL P. GENERAL CON MOTIVO DE LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Queridos hermanos y hermanas de la Familia Trinitaria:

Reflexionando sobre el mensaje que quiero compartir con vosotros en ocasión de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, me viene a la mente la actual situación mundial en la cual estamos inmersos como Orden y como Iglesia. En efecto, no es muy difícil darse cuenta como la crisis económica y espiritual de nuestros días están dejando a numerosos hombres y mujeres en la incertidumbre de la duda existencial. ¡No es para menos! Tanto la violencia en las distintas modalidades como la persecución a todos los niveles no cesan de atormentar a las sociedades de hoy. En medio de tantas calamidades naturales y humanas, se nos plantea a los cristianos y especialmente a los trinitarios el desafío de proclamar el evangelio de manera más rotunda y, ya que hemos recibido la misión de ser agentes de comunión y solidaridad dentro y fuera de nuestra Familia, de encarnar más visiblemente a la Santísima Trinidad.


En este empeño, una de las cosas que ciertamente nos ayudará a ser coherente con el título que orgullosamente llevamos es retornar a nuestro fundador, Juan de Mata, y al testimonio de todos los miembros de la Familia Trinitaria que han vivido fielmente en estos ocho siglos según la visión y el espíritu de la Regla que él nos transmitió. Todos sabemos que estos testigos conocieron tiempos revueltos. Sin embargo, fueron capaces de portar valientemente y de manera efectiva el estandarte de la solidaridad y la liberación a la sociedad. Dejémonos interrogar pues por su inspiración y coraje, bebamos de la rica fuente de sus vidas e invoquemos de manera permanente su intercesión ante Dios.

Hermanos, Dios no abandona a sus hijos. Él continúa enviándonos testigos que llevan un mensaje de esperanza. Justamente, en el mes de julio del año pasado recibimos de Dios una gracia especial cuando nuestro hermano, Monseñor Giuseppe Di Donna fue proclamado Venerable por el Papa Benedicto XVI. Otra gracia divina ha sido la proclamación, hace apenas unas pocas semanas, del año jubilar (2009-2010) en el que conmemoramos el VIII Centenario de la donación de Santo Tomás in Formis a nuestro fundador por Inocencio III, y el VIII Centenario del Mosaico que simboliza nuestro carisma y nuestra misión. Por otra parte, en 2013 celebramos el VIII Centenario de la muerte de San Juan de Mata y el IV de la de San Juan Bautista de la Concepción.

Tales efemérides, que se acercan a velocidad de vértigo, son y serán momentos especiales para la Familia Trinitaria y, por ello, me gustaría hacer algunas breves reflexiones sobre estas extraordinarias personas y eventos que nos ayudan a entrar en el genuino espíritu trinitario de la comunión, solidaridad y liberación.

Hemos recibido de la Santísima Trinidad la preciosa herencia del compartir nuestra vida y misión a través de nuestro fundador. Esto nos conduce a una auténtica solidaridad y comunión con todos, incluso con aquellos que son distintos a nosotros. ¡Y qué hermosa representación de este Patrimonio la que encontramos en el mosaico de Santo Tomás in Formis! Cristo se encuentra al centro del mosaico y está flanqueado por un cautivo cristiano y otro no-cristiano; ambos cautivos están agarrados y sostenidos por las manos de Cristo, el cual nos muestra de esta manera el verdadero rostro de la Trinidad. Se trata de la imagen perfecta de un Dios amor y reconciliador, un Dios comprometido con la libertad y la solidaridad y que no excluye a nadie de la generosidad de su abrazo.

En estos tiempos difíciles de crisis global, dejemos que esta imagen de Dios sea nuestro referente y modelo. El Papa Benedicto XVI a menudo dice que los problemas sociales y económicos que el mundo enfrenta hoy están interconectados, y no tiene reparo en afirmar que es la avaricia la raíz de dicha crisis. Hoy hay una sociedad ineludible de compartir más equitativamente a todos los niveles. La globalización indiscriminada sólo para beneficio de unos pocos, descuidando el bienestar de los sectores pobres de la sociedad y del mundo, no va a restableces en efecto la paz y la justicia. El Papa es claro cuando declara: “Por sí sola, la globalización es incapaz de construir la paz, más aun, genera en muchos casos divisiones y conflictos. La globalización pone de manifiesto más bien una necesidad: la de estar orientada hacia un objetivo de profunda solidaridad, que tienda al bien de todo y cada uno” (Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz. 1 de Enero 2009. Combatir la pobreza, construir la paz, nº 14).

¿Encontramos este espíritu en la Regla de San Juan de Mata? Ciertamente que lo encontramos. Cuando Juan escribió la Regla de Vida, se planteó la meta de una decidida solidaridad para con todos, pero especialmente para con aquellos que eran más pobres y necesitados. El espíritu de la Tertia pars, en el cual los pobres y cautivos son los destinatarios de cualquier ingreso o donación, es un aspecto fundamental de nuestra identidad y misión. Juan nos pide vivir un estilo de vida simple y frugal que tenga en consideración a quienes pasan necesidad y sufren. El fundador, que vivía en una sociedad de señores y siervos, no permaneció indiferente, como un simple espectador, a esta realidad, ni se identificó con aquellos que poseían más; más bien, como un valiente profeta de su tiempo, cambió su modo de vida para identificarse con los oprimidos e iniciar así una Orden de hermanos para el rescate de cautivos y el socorro de los pobres. Entre los seguidores fieles de la visión y valores de San Juan de Mata podemos encontrar ríos de hombres y mujeres de santidad inestimable que nos han enseñado hasta donde llega el compromiso de Dios para con sus hijos; tales como San Juan Bautista de la Concepción y San Simón de Rojas cuya reciente biografía (la tesis doctoral del P. Pedro Aliaga) ha sido publicada y recibida como otra bendición para nuestra Familia.

Más cercano a nuestros días tenemos al Venerable Giusepe Di Donna, el cual fue un auténtico devoto de la Santísima Trinidad y cuya heroicidad de vida ejemplifica el ideal trinitario de solidaridad con los pobres y necesidades. En su libro “The Trinitarians”, el P. Anthony D´Érrico sintetiza hermosamente este rasgo de nuestro venerable hermano: “Su caridad con los pobres no conocía fronteras. Estableció el orfanato Casa del Fanciullo y convirtió la casa de campo del Obispo en residencia de verano para seminaristas. Como durante la guerra el abastecimiento de alimentos estaba racionado, él daba a los pobres todas las provisiones que le eran donados. A menudo visitaba a personas con recursos y a los mismos miembros de su familia para que le ayudaran, en la medida de sus posibilidades, con comida y alimentos”. Monseñor Di Donna era un trinitario auténtico y eligió vivir como lo haría un humilde párroco de pueblo o cualquier religioso, compartiendo todo generosamente con los pobres y cautivos. En estos días cuando la avaricia y el egoísmo de la humanidad siguen agrandando el abismo entre ricos y pobres, testigos como el Venerable Giuseppe Di Donna harán nuevamente creíble el Evangelio.

Por otra parte, Monseñor Di Donna fue un hombre de profunda vida interior. Aunque, como Obispo, estaba siempre lleno de compromisos, nunca descuido el ritmo de su oración ni las prácticas espirituales prescritas por nuestra Regla. El P. Giovanni Saglietto, durante muchos años Ministro Provincial italiano, recuerda que cada vez que Monseñor Di Donna visitaba san Crisógono no perdía la oportunidad de participar en la oración comunitaria.

Por mi parte y basándome en esto, nunca podré resaltar suficientemente la necesidad de mejorar la calidad de nuestra oración tanto a nivel personal como comunitario. Así como los líderes mundiales están preocupados con razón por la crisis económica mundial, nosotros, Familia Trinitaria, debemos estar aún más preocupados por la crisis espiritual que afecta a toda la Iglesia y al mundo. Existe un peligro real de ignorar y minimizar el cuidado de nuestra vida interior en el ambiente actual de exagerado activismo y de obsesivo protagonismo personal. Muchas veces dejamos nuestras motivaciones en manos del pragmatismo racional a riesgo de poner en segundo lugar la voluntad de Dios y su Reino., viviendo en consecuencia una vida fútil y sin sentido. Todo esto es consecuencia de un prolongado descuido de una vida de oración seria y comprometida, así como del abandono de la meditación de la Palabra de Dios. Hermanos y hermanas, sólo fortalecidos por el espíritu de Dios y por su gracia podremos llenar nuestro vacío interior y remediar la actual crisis espiritual.

Además de la ayuda divina, también la ayuda fraterna es un soporte necesario que nos invita a retornar a una vida interior más viva y fuerte. Si el trabajo en equipo es esencial para tener éxito en el mundo de los negocios, es todavía más importante para nuestra vida de fe y compromiso apostólico. Buscar a Dios más intensamente y vivir de una manera más santa son esfuerzos comunes que hacen más tangible la presencia de Dios Trinidad y su acción redentora en el mundo de hoy. Unamos nuestras manos y oremos juntos, compartamos nuestras vidas y nuestra fe más fraternalmente, dejemos que nuestros compromisos apostólicos sean purificados y reforzados por el espíritu que anima la vida en común y que el propio provecho egoísta o el interés únicamente personal no obstaculice la manifestación del reino de Dios y su Gloria. El Reino y la Gloria de Dios pertenecen al bien integral de todos los hombres de la tierra, por lo tanto, no son un bien exclusivo de unos pocos. Abramos nuestros corazones y nuestras vidas a la solidaridad con todos los hombres, pero especialmente con los cautivos y pobres, empezando con los que encontramos en la propia Familia Trinitaria. Vivir de esta manera nos permitirá decirle al mundo que los Trinitarios tenemos un mensaje y una visión importante que cumplir.

Feliz Fiesta de la Santísima Trinidad a todos y cada uno de vosotros.

Roma, 11 de mayo de 2009

Fr. José Narlaly, osst.

Ministro General.

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