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LA FELICIDAD DE NUESTROS JÓVENES

Os presento una entrevista realizada  por la Revista Juan Ciudad  de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios a Joaquín Díaz Atienza, laico trinitario de la Fraternidad de Granada. En ella se le pregunta por la felicidad de nuestros jóvenes. Espero que os resulte interesante.

P: En su experiencia como psiquiatra infantojuvenil, ¿cuál es el principal problema emocional con el que se ha encontrado en los jóvenes?

R: Es interesante, en cuanto indicador de los cambios sociales que hemos experimentado, como en las consultas del psiquiatra infanto-juvenil hemos pasado de la morbilidad depresiva en adolescentes a los trastornos de conducta; aunque también es cierto que la forma semiológica  en cómo se presentan los trastornos depresivos ha sufrido un cambio. Es decir, muchos de los problemas conductuales de nuestros jóvenes son formas de depresión.   

¿Cree que la juventud actual es menos feliz que hace años?

Hablar de los jóvenes en general plantea el riesgo de hacer una generalización excesiva. Sí he observado que en la juventud actual nos encontramos con dos situaciones opuestas: de un lado, creo que en bastantes jóvenes existe un sentimiento de solidaridad y compromiso como nunca se había visto antes.  No hay más que indagar un poco en las distintas ONGs y el voluntariado, movimientos que se nutren de esa juventud comprometida, con sentimientos de entrega en la defensa del ser humano más necesitado y desprotegido y que, indudablemente, contribuyen a su felicidad. No deberíamos olvidar que el altruismo genera más salud mental  que el egoísmo. De otra parte, el contraste con otra juventud, la mayoría, en donde la demora de la gratificación no existe, donde impera el hoy, juventud sin proyecto de futuro, atrapada en una necesidad de consumo y apariencia que les limita rotundamente sus posibilidades de ser felices o, al menos, la vivencia de satisfacción personal mínima que subyace en cualquiera que desee ser feliz. Tras un consumo desenfrenado, existe un gran vació existencial que les “amarga” su vida. De esto nos habla muy bien el incremento de los intentos de suicidio entre los jóvenes.

En una investigación que realicé entre adolescentes de 14-18 años de ambos sexos (714 adolescentes de ambos sexos), la ideación suicida, un buen indicador de infelicidad, si bien era mayor entre aquellos que puntuaban igualmente alto en depresión, no era exclusiva de ella, ya que también correlacionaba con una baja autoestima social y familiar, apoyos socio-familiares que se están desdibujando cada vez más en la vida cotidiana y en el horizonte de nuestros jóvenes.

        En los análisis efectuados por Javier Elzo y por la Fundación SM, existe una correlación entre insatisfacción juvenil y problemas afectivos en la familia. ¿Cabría decir que este es un factor de riesgo?

Aunque el estudio del profesor Elzo es transversal y, por tanto, no podemos extraer de él factores de riesgo, sí que coincide con estudios longitudinales que demuestran que los trastornos afectivos en la familia y, especialmente, en la madre actúan como factores facilitadores de alteraciones conductuales y emocionales en los hijos. Los trastornos emocionales dan lugar a una cierta negligencia emocional en los cuidados de los hijos, así como a pautas educativas bastante erráticas. De otra parte, los trastornos emocionales están considerados como la “epidemia” de la sociedad de consumo, lo que podría aportar cierta explicación de la insatisfacción juvenil.

¿Qué culpa de todo ello tiene la escala de valores de la sociedad actual?

Una educación basada en el egoísmo, en donde el individuo es el centro del mundo, en donde la solidaridad es una cualidad atávica y  bastante devaluada, no es extraño que nos encontremos con cada vez más jóvenes infelices. El hombre encuentra su felicidad en su relación con los demás, una relación que, para que sea fructífera, debe basarse en una ética social que ponga en valor el respeto, la tolerancia y la empatía hacia el prójimo, valores bastante vilipendiados en la época postmoderna que nos ha tocado vivir. Aunque suene a conservador, las creencias en los valores tradicionales han actuado como un factor de protección que actualmente está desapareciendo. Los valores actuales se han mostrado como elementos determinantes en la angustia que experimentan muchos de nuestros jóvenes, así que habrá que, cuando menos, actualizar los valores tradicionales o buscar otros más acordes con las necesidades universales del ser humano.

¿Podría existir una relación entre estos aspectos y la violencia juvenil?

La violencia juvenil es un fenómeno muy complejo en donde entran en juego variables individuales, educacionales y sociales. Pero si dejamos aparte las causas psicosociales y familiares de siempre, la predominancia de una  ética individualista, de falta de compromiso social, y la pérdida de los valores tradicionales, está facilitando que el individuo tienda a resolver sus conflictos personales y sociales a través de comportamientos violentos.

¿Cómo habría que actuar para mejorar la situación emocional de nuestros jóvenes?

La mejora del desarrollo emocional y moral de nuestros hijos debe iniciarse en la familia. La demanda de ayuda que se nos hace en las consultas, demuestra hasta que punto los padres de hoy están perdidos, aunque  tienen conciencia de que la situación debe cambiar. Por eso piden ayuda. Esto es un signo esperanzador. Yo tengo fe en que ayudando a las familias, conseguiremos en ellas el cambio necesario para que la juventud del mañana sea radicalmente distinta. Los jóvenes de hoy, cuando llegan a ser padres, no desean que sus hijos sean una continuidad de ellos mismos, ya que la mayoría se sienten fracasados y/o insatisfechos. 

       El papel de las familias, ¿tendría que ser el de regresar a modelos educativos y sociales pasados o el de adaptarse a la modernidad?

Hay algo en lo modelos educativos y en los valores tradicionales que ha resultado ser muy positivo en la educación de los hijos. Sin embargo, no creo que sea posible una “regresión” sin más a modelos ya superados que sólo nos conduciría a un integrismo sin futuro. La post-modernidad surgida del avance de las ciencias y la técnica nos obliga a adaptar lo mejor del pasado a un presente radicalmente nuevo. Los conocimientos actuales nos han proporcionado grandes cosas materiales pero pocos instrumentos “espirituales” para poder utilizarlos en beneficio del hombre y de la comunidad. El hombre necesita cubrir sus necesidades materiales y, al mismo tiempo, el vacío emocional que genera la falta de valores y de trascendencia, aspectos que van íntimamente ligados al desarrollo integral del ser humano.

 

 

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Un comentario

  1. A ver Joaquin si podemos actualizar esos valores "tradicionales" con nuevas metodologías, y no caer en simbolos pasados que perjudican la enseñanza de valores que pueden ayudar a las personas hoy día, porque si queremos enseñar con "odres viejos" estamos perdidos, pues al final hay doble trabajo: explicar el valor en sí mismo que sería fácil con palabras y gestos actuales, pero que se hace dificil cuando va plagado de formas de otros tiempos imcomprensibles para los jóvenes de hoy. A vino nuevo odres nuevos. Y es que nos pasamos el día parafraseando la biblia y luego "pa" "na", que bonito es parafrasear. He pasao un buen rato reflexionando tu entrevista, para los que estamos todo el día delante de los jóvenes nos viene muy bien. Gracias.

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