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ORANDO CON LOS PERSEGUIDOS EN EL ENCUENTRO DE FAMILIA TRINITARIA

Nuestros hermanos perseguidos nos recuerdan la verdad de las palabras de Pablo y nos demuestran con sus sufrimientos la verdad de su fe y su confianza en el Señor

 

Inmaculada Rodríguez Molina, L.T.

 

 

Sábado, día 6 de noviembre. Se aproximaban las ocho de la tarde y los jóvenes de las fraternidades de Algeciras y Granada estaban inquietos… preparaban en la capilla un momento importante, una vigilia de oración. Tras una completa jornada de conferencias y charlas en la Casa de Espiritualidad Emaus, en Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde la familia trinitaria estábamos celebrando ese primer fin de semana de noviembre el XVII Encuentro nacional, estos jóvenes nos ofrecían la oportunidad de rezar con los perseguidos, arrestados, maltratados… por creer en el Amor de Cristo Jesús.

Querían sorprendernos y motivarnos… Y lo consiguieron. 

Cuando entramos en la capilla se percibía el mimo y  la delicadeza con que estaba preparado todo. De la mesa del Altar descendían unos lienzos largos, muy largos, de distintos colores que se extendían por el suelo y daba la sensación de querer expandirse más allá de los límites de la capilla, hacia el exterior. Sobre los lienzos estaba Jesús Crucificado, tendido en el suelo y con los brazos posados sobre el Altar, como recuerdo de lo que cada día celebramos sobre el Altar en la Eucaristía, el verdadero Alimento de vida que se derrama por todos.

 

A su derecha se extendía  un lienzo color rojo, símbolo de la sangre derramada del costado del Buen Jesús; en el otro extremo, a su izquierda, uno azul representaba el agua que de su costado brotó y nos salvó. Rojo y azul, los colores del Redentor, los colores que marcan la vida del trinitario: caridad y servicio. La franja central estaba ocupada por uno color naranja. Un último lienzo amarillo envolvía al Crucificado a modo de sudario, evocando luz, vida, resurrección… La tela amarilla se deslizaba sobre su cuerpo y desembocaba en nuestra humilde Caja de Redención y un cartel del S.I.T. donde podía leerse:

 

“La iglesia en Sudan en defensa de los derechos humanos, particularmente la libertad religiosa”.

Alrededor había muchas velas encendidas, representando los distintos focos del mundo donde se vulnera el derecho a la libertad religiosa, ayudándonos a personificar a nuestros hermanos cristianos perseguidos.

 

El conjunto era digno de admirar. Descubrías que estos hermanos nuestros son esa fuente continua, viva y autentica en la iglesia que brota de la persona de Cristo y que solo su Amor puede sostener una entrega tan generosa, dispuestos a darlo todo y a perderlo todo. En nuestro recuerdo resonaba la noticia que días atrás, el 31 de octubre, rebeldes islámicos daban muerte a 58 católicos como consecuencia del asalto armado a la iglesia de Sayida an-Naya  (Nuestra Señora de la Salvación) en Irak. Todavía se puede leer en la fachada de la iglesia un mensaje: “Gloria Dios en los cielos y paz en la Tierra”.

Y empezamos a orar con ellos.

Físicamente no estaban allí, pero si sus vidas, sus sufrimientos, su dolor… Solo necesitaban que levantáramos la voz y fuéramos el eco de su testimonio: “por favor, oren por nosotros (…)”; era el clamor de un cautivo cristiano de nuestro tiempo, del siglo XXI. Y prestamos nuestra voz, haciendo nuestro su sufrimiento:

“Ayuden a sus hermanos y hermanas en Cristo, ya que estamos condenados a muerte. Somos arrestados, estamos bajo investigación, el gobierno (…) nos mata, porque creemos en Jesucristo (…)”; “No sabemos cómo el mundo entero y en especial la Iglesia está en silencio y cierra los ojos, mientras miles de sus hermanos y hermanas (Cuerpo  de Cristo) están en el dolor, (…) y son torturados, perseguidos y llamados criminales porque creen en la Verdad”.

Jesús Crucificado desde el suelo clamaba en nuestro corazón: “que yo tu Dios sufro contigo, en cada hombre que derrama su llanto en el dolor, que cada día se repite el calvario y también la Resurrección”; es la estrofa de uno de los cantos que estremecía y gritaba en nuestro interior: no estáis solos en esta lucha, no debéis sentiros solos ¡Jesucristo está con vosotros!

La vigilia continuaba y llovían los testimonios, caían sobre nosotros como esa llovizna temprana que empapa y deja la tierra ablandada, mullida… Nos decía un hermano sudanés:

“Seis de nuestros hermanos habían desaparecido (…) Tragándonos el miedo (…) No tardamos en descubrir sus cuerpos (…) Los seis estaban allí, tumbados con pies y manos estirados en forma de cruz, crucificados en la tierra con estacas, crucificados como a ti te hicieron. Verdaderos Cristos crucificados, ellos no se vendieron por nada”.

 Después manifestaba un niño desde Laos:

“Llevamos un año durmiendo en un descampado, papa y mama dicen que pronto volveremos a casa (…) pero todo sigue igual. Esposaron a todos los hombres, (…) nos dijeron que  teníamos que negar nuestra fe en Jesús y nada pasaría. Como nadie obedecía quemaron todas las casas y nos obligaron a vivir en ese descampado. Aquí la vida es mas dura. Todo el día rezamos al buen Jesús. Yo rezo mucho por papa y mama, los veo tristes y preocupados. Pero sé que El nos sacará de aquí”

 Danos Señor un corazón de niño, limpio, para que tu espíritu de Amor lo llene, lo desborde y descubramos tu rostro en ellos.

 Concluimos la vigilia de oración con una carta escrita en Corintio hacia el año 58 por un preso llamado Pablo, asesinado a causa de su amor por Cristo, quien nos dejó esta pregunta: “¿Quién  nos separará del amor de Dios? ¿Las persecuciones, los sufrimiento, la amargura, el hambre, la desnudez, la espada?” Él nos hace ver que nada en la vida o la muerte nos puede separar de Cristo. El vivir es Cristo y el morir es aun mejor.

Nuestros hermanos perseguidos nos recuerdan la verdad de las palabras de Pablo y nos demuestran con sus sufrimientos la verdad de su fe y su confianza en el Señor. Ellos son testimonio de la fuerza del Espíritu Santo, la fuerza del  Amor que sostiene la debilidad de aquellos que creen sin reservas en el Señor, siendo testigos del amor que vence la violencia. Ellos han visto y oído a Jesucristo, saben que no están solos en esta lucha, que la presencia de Jesús es la que nutre y alimenta todas sus acciones, y que han sido alcanzados por el amor del Señor.

Le doy gracias a Dios Trinidad por esta reunión en familia y por estos hermanos que han sabido decirnos en la oración que el amor de Cristo Jesús es eterno y  no cambia. Que nada hay tan seguro como el amor del Padre y que el propio Dios nos ama con un amor íntimo del que nada ni nadie puede separarnos. Y agradezco a estos hermanos perseguidos por recordarnos las palabras del Maestro: “No es el siervo más que su amo. Sí a mí me han perseguido, también  a vosotros os perseguirán” (Jn 15,20) aunque parezca contradecir el razonamiento humano.

Por último haceros partícipes de lo recaudado por la Caja de Redención que fue la cantidad de 268,19 € e irá destinado a los niños de la Granja Escuela San Juan de Mata en Jartum (Sudán).

Donaciones:   

2105 0035 55 0012004715  CAJA DE REDENCIÓN

Un abrazo fraterno.                                                                                                        

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