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Mensaje del Ministro General a la Familia Trinitaria. San Juan de Mata y Navidad 2011.

José Narlaly,osst, Ministro General. Roma. Con gran alegría os saludo a cada uno de vosotros en estas importantísimas solemnidades de San Juan de Mata y de la Natividad del Señor. Toda celebración es una oportunidad para que recordemos con agradecimiento algún gran personaje o acontecimiento memorable y, así, recibamos impulsos y motivos nuevos para continuar por nuestro camino vital, llevando a cabo nuestra misión con renovado entusiasmo. Jesús nació para liberarnos y capacitarnos para participar en la vida Trinitaria en un modo más pleno. Su persona y su mensaje continúan siendo encarnados y proclamados por eminentes cristianos en diferentes épocas y circunstancias de la historia humana. En concreto, San Juan de Mata encarnó este mensaje liberador en los siglos XII y XIII. Nosotros, sus hijos e hijas espirituales, tenemos el privilegio de transmitir la misma buena noticia a los pobres y cautivos de nuestro tiempo. ¡Alabemos al Señor ahora y siempre por este gran don, a la vez que nos preparamos a celebrar el excelente regalo de Su Hijo en la Navidad!

Como sabéis todos, falta un solo año para el comienzo del gran Año Jubilar del centenario de la muerte de San Juan de Mata y de San Juan Bautista de la Concepción. Mis pensamientos vuelan hacia ellos y hacia el gran patrimonio que de ellos hemos recibido. Tanto el Fundador como el Reformador fueron receptores conscientes de la llamada divina con su personal y profunda experiencia de Dios. El escritor anónimo del Siglo XIII, refiriéndose a la intensa búsqueda de Dios y de su voluntad que tuvo nuestro Fundador, escribió: “Permaneció ferviente e incesantemente suplicando al Señor que le indicara una Orden religiosa”. Pasó bastante tiempo y fueron necesarias la oración y la reflexión antes de poder discernir y responder a su llamada particular y a su misión. Después de la inspiración inicial recibida en su visión, San Juan de Mata se retiró a Cerfroid donde San Félix y otros ermitaños le acompañaron en la oración y en la penitencia durante algunos años hasta que Juan y sus compañeros propusieran el proyecto de la fundación de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos. Cerfroid, la cuna de la Orden, era y aún es un lugar retirado y, como tal, nos recuerda la importancia del silencio y del recogimiento en nuestra vida. Debemos buscar y cultivar un auténtico espíritu de recogimiento interior en medio del frenesí de la vida moderna. El discernimiento y la oración son absolutamente necesarios para tomar cualquier decisión importante y para realizar cualquier proyecto. Una vez formada la comunidad y aclarado el proyecto, Juan, Félix y los otros compañeros se ofrecieron con todas sus posesiones a la comunidad para el proyecto de la redención. Todos participaron activamente en la misión encomendada por Dios.

De la misma manera, San Juan Bautista de la Concepción necesitó algún tiempo y mucho discernimiento antes de iniciar su misión de Reformador y rendirse a la llamada de Dios. Fue un excelente predicador y gozó de gran prestigio. Al principio no quería abandonar dicha satisfacción humana ante la posibilidad de su ingreso en el movimiento reformador. Le preocupaba incluso su precario estado de salud ante el gran reto de la sencillez y pobreza de la reforma. Aunque fue muy fervoroso en su niñez, se había enfriado más tarde debido a sus hábitos cómodos, a las pequeñas honrillas y a sus propios proyectos. Estas consideraciones humanas lo mantuvieron retrasando su decisión de lanzarse y de sumergirse en el movimiento de la Reforma de la Orden. Finalmente, la llamada de Dios y la gracia triunfaron sobre él y abrazó la Reforma con todo su corazón, a pesar de todas las dudas y sacrificios que ello suponía. Se puso totalmente, con todas sus cualidades y debilidades, a disposición del Señor y de Su proyecto de la renovación de la Orden. Han transcurrido cuatrocientos años desde que la Reforma tuviera lugar y todos sabemos que la Familia Trinitaria, especialmente la Orden, sigue viva gracias a la profunda experiencia de Dios de nuestro Reformador y a su respuesta incondicional a la misión que Dios le ha encomendado.

Queridos hermanos y hermanas, nosotros encarnamos y damos continuidad en la Iglesia a un carisma de larga duración que está íntima e inapelablemente unido a la persona y misión de Jesús. San Juan de Mata y San Juan Bautista de la Concepción fueron los mediadores e instrumentos elegidos por Dios para comunicarnos la innegable experiencia de su conversión y su total entrega a Cristo y a su evangelio. El éxito de su vida y misión se debió a la continua gracia de Dios, a la cual ellos respondieron incesantemente. Ningún interés personal, ganancia o confort obstaculizaron su entrega total. Ejercían un consciente y permanente discernimiento en todas sus reflexiones, deliberaciones y decisiones. Solo con la ayuda de esta luz divina, fueron capaces de detectar y aceptar sus personales debilidades humanas. Apenas fueron reveladas sus motivaciones internas en su conciencia, ellos reconocieron sus fragilidades y fallos. En consecuencia, buscaron la divina asistencia, la cual llegó para rescatarlos, liberándolos de la tiranía del egoísmo y del orgullo personal. Esto me trae a la memoria aquel pasaje del evangelio de san Mateo que nos habla de la curación de dos ciegos (Mt 21, 29 – 34):

“Al salir ellos de Jericó, les siguió mucha gente. Y dos ciegos, que estaban sentados junto al camino, al oír que Jesús pasaba, gritaron: -¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! La gente les decía que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte diciendo: – ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! Jesús se detuvo, los llamó y les preguntó: -¿Qué queréis que haga por vosotros? Ellos contestaron: -¡Señor, que se abran nuestros ojos! Jesús, compadecido, tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista y lo siguieron”.

¿Hasta qué punto insistimos nosotros en buscar la ayuda de Dios para conocernos como somos? Necesitamos la luz divina para penetrar en las profundidades de nuestro ser, para descubrir nuestros impulsos internos, para modelar nuestras motivaciones personales, para aceptarnos como somos con todas las heridas y fracasos, para reconocer la dignidad de nuestra llamada, los muchos dones, fuerzas y debilidades latentes dentro de nosotros. Nos hace falta obtener una visión espiritual, necesitamos dirigir la mirada a nosotros y al mundo que nos rodea con los ojos de Cristo. Yo mismo he oído decir a algunos religiosos: “Hemos rezado lo suficiente en el pasado, también nos hemos sacrificado bastante. A pesar de ello, nada cambia. ¿Para qué sirve rezar tanto y sacrificarse?”. Si los ciegos del evangelio no hubieran insistido en gritar pidiendo ayuda, no hubieran recibido la vista. Solo después de haber obtenido la vista, siguieron a Jesús. Para seguir los pasos de Cristo, para anunciar su mensaje de libertad y abundancia de vida, necesitamos una nueva visión, una fuerte visión de fe. Nos hace falta luz y fuerza para liberarnos de nuestras motivaciones egoístas y de nuestros intereses personales para llevar a cabo nuestra misión, transmitida por San Juan de Mata y San Juan Bautista de la Concepción.

Que la próxima Solemnidad de nuestro Fundador y las celebraciones navideñas sean ocasión para recibir una renovada infusión de luz divina y de fuerza dentro de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades. Es posible tener un encuentro más firme con Cristo si perseveramos en suplicar al Señor con insistencia, humildad y confianza como los dos ciegos del evangelio. Sin ninguna duda, el Señor abrirá nuestros ojos y, así, podremos seguirle con más prontitud y fidelidad.

¡Os deseo a todos y a cada uno en particular una feliz Solemnidad de San Juan de Mata y una muy alegre Navidad!



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